Panorámica desde el Séptimo Piso

Por: Andrés Becerra L.

Andrés Becerra L.
Andrés Becerra L.

Si te preguntaran dónde está el corrupto más peligroso de este país, ¿qué responderías? ¿En el Congreso, en el Ejecutivo nacional, en las Altas Cortes de justicia, en el gamonal de tu región, en la empresa privada…?

Dice el refrán que a los enemigos hay que tenerlos cerca, porque no hay nada tan peligroso como perderlos de vista, ¿pero qué ocurre si no lo has identificado? Nunca sabrás de dónde vino el golpe que te derribó, hasta que sea demasiado tarde.

Por supuesto que un corrupto es un gran enemigo para la sociedad entera. Hemos conocido muchos escándalos (aunque menos de los que debiéramos) de corruptos en todas las instancias del poder (civil, militar y eclesiástico), y cada uno se ha lucrado con miles de millones de pesos, o con cargos de mayor poder cada vez (como aquellos que se hacen reelegir usando métodos nada éticos), pero el mayor daño que han hecho al país no es el dinero que se roban o las bellaquerías que han cometido en el ejercicio de su cargo mal habido, sino la degradación moral que han producido en la Nación.

El mal ejemplo de esos sujetos genera en la población una actitud de pasividad impotente que se va convirtiendo en aceptación de que “así es este país y nada lo puede cambiar”, y el siguiente escalón de bajada es pensar en adaptarse y aprovechar cualquier oportunidad que aparezca para hacer algo similar. Muchos, millones, terminan por admirar a esos ídolos de la perversidad y considerarlos los guías a seguir.

En la confusión de ideas y valores que generan las cacofónicas voces de los grandes medios se llega a la extraña situación de que ser honesto se volvió algo reprochable; el que no “aprovecha su cuarto de hora” es un pendejo, y los demás lo tratan con burla y con desprecio. Ha hecho carrera la frase tan socorrida de que “lo malo de las roscas es no estar en ellas”.

Paradójicamente, todos vivimos denigrando de los corruptos, condenándolos y atribuyéndoles todas las desgracias del país. Pero ellos saben que no deben parar bolas a esos desahogos de cafetín, porque a cualquiera de esos críticos de ocasión se le tapa la boca con cuatro billetes, o se le atemoriza con una visita furtiva a medianoche; ellos conocen bien la idiosincrasia de “la plebe”.

La pregunta pertinente es cómo logran hacer tantas picardías esos pocos bribones, si están rodeados por una gran cantidad de otros funcionarios y varios organismos de control y vigilancia.

Todos coincidimos en que los que han sido descubiertos son una mínima parte, y que han estado actuando en complicidad con otros que todavía no caen, porque son muchos más los que andan en la corruptela, pero, ¿cuántos pueden ser en total los corruptos en este país? ¿Cinco mil, diez mil, cincuenta mil…? ¿Y si yo dijera que son más de 20 millones?

Y digo 20 por poner una cifra prudente, porque pueden ser más de 30 millones. De hecho, casi todo colombiano es corrupto en algún ámbito y de algún modo. Por supuesto, ninguno de ellos se reconoce como tal.

La diferencia de visión radica en que ellos llaman corrupto a quien negocia por grandes sumas de dinero, la mayor parte de las veces dinero oficial, pero no entiende como corrupción las muchas actuaciones incorrectas, injustas, antiéticas o inmorales que a diario realizamos.

¿Ha aprovechado la presencia de un relacionado en la parte delantera de una larga fila para que él le haga una transacción sin tener que hacer la cola (puede ser comprar boletas en un cine o hacer una consignación bancaria)? ¿Se ha quedado con parte de algo que le corresponde a otra persona (puede ser dinero del producido de su trabajo como cajero, o conductor de vehículo público, o recolector de limosna en su iglesia…)? ¿Ha favorecido a algún relacionado con algo superior a lo que le correspondía a él, aprovechando su condición de ser quien asigna o reparte algo que no es suyo (puede ser una porción mayor de alimento en un restaurante en que usted sirve, o una nota mejor para su hijo o sobrino, si es usted docente…)? ¿Ha conseguido la buena voluntad de alguien dándole regalitos o atenciones especiales, para que luego esa persona le dé a usted un trato preferencial o superior a lo justo que les corresponde a todos (quizás así consigue que su hijo desaplicado obtenga mejores notas o no pierda el año)?

Son muchas las formas y ocasiones en que millones de personas que se autoproclaman buenas y correctas actúan de modos impropios, corruptos, antiéticos… pero eso no nos parece incorrecto, ya lo hemos asimilado como algo normal, hasta necesario; lo que nos parecería incorrecto es que no aprovecháramos la oportunidad… “papaya servida, papaya partida” se proclama como el duodécimo mandamiento.

Este es el caldo de cultivo en que florecen, crecen y actúan los grandes corruptos, un ambiente de moral laxa en el que las diarias y pequeñas corruptelas son admitidas por todos como “algo inevitable”, “eso no lo cambia nadie”, “tampoco es tan grave”, etc.

¿Que la secretaria roba papelería o fotocopias de su empresa? Es que le pagan muy poco… ¿Que el empleado coge algún dinero de la caja cada día? Es que el sueldo no le alcanza… ¿Que aproveché a un amigo de un amigo para conseguir un trabajo sin someterme a concurso de méritos? El vivo vive del bobo, y el bobo de sus papás…

Esa es la corrupción invisible y cotidiana, ampliamente extendida y generalizada, convertida en ambiente que se respira, bebe y come cada día de diversos modos, y en la que se crían los nuevos corruptos que cada año guardan en su bolsillo miles de millones de dólares que deberían aplicarse para atender en salud y educación a todos los colombianos, y de ella forma parte la inmensa mayoría de ciudadanos, cada uno a su modo, cada uno en su espacio, cada uno aprovechando “el papayazo” que le toque en suerte.

Esta es la corrupción más peligrosa, la peor, porque es la que propicia, alimenta y fortalece todas las demás, esas que explotan cada día con fuerza de millones de dólares, esas que están matando de hambre y por falta de atención en salud a decenas de niños menores de cinco años cada día (son más de 60 diarios, casi tres por hora).

Así que si quiere conocer al corrupto más cercano, asómese a su espejo… puede ser que allí encuentre uno muy bien camuflado, invisible hasta ahora.