ANDRES FELIPE GIRALDOPor: Andrés Felipe Giraldo López

Hoy me varé. Eso no tendría nada de raro si no hubiera sido con mi esposa y mi bebé en una vereda inhóspita del municipio de la Mesa y justo cayendo la noche de este sábado que agoniza. Mis conocimientos de mecánica son similares a los conocimientos que tengo sobre física cuántica adquiridos en mi carrera de ciencia política. Ahora, haciendo un recuento de los hechos, sé que no hubiera sido posible estar acá plácidamente contándoles esta historia si no hubiera sido por un ejército de ángeles meticulosamente ubicados por aquella fuerza cósmica que todo lo organiza en este Universo azaroso.

Llegamos a un asado familiar a unos veinte minutos del corregimiento de San Javier por una carretera destapada y empinada, que nos llevó hasta la finca en donde habríamos de dar abrazos a aquellas personas que solo vemos en las fechas importantes, que por alguna razón, pasan solo cada cuántos años. Nuestro carro familiar llegó y murió, exhausto decidió no volver a prender, no volver a encender una luz, no volver a pitar. Quedó allí tirado como un cajón con ruedas sin más intención que dejarse colonizar por la naturaleza de los alrededores. Mis deducciones fueron básicas, instintivas y simples: Se le descargó la batería y con unos cables de iniciar sería suficiente, o quizás con un empujón, a la vieja usanza, dejar rodar el carro, ponerlo en segunda y con el impulso todo volvería a la normalidad.

Los voluntarios para la empujada no faltaron. A la voz de empujar la familia súbitamente se convierte en brazos musculosos. Pero no, el carro seguía inerte, sin ganas de reaccionar. Los cables de iniciar no aparecían por ninguna parte y solo hasta bien entrada la tarde uno de los vehículos que iba a recoger a algunos de los asistentes al evento llegó con los preciados cables para iniciar que deberían hacer parte natural del equipo de carretera que nunca cargo como corresponde, gracias a esa procrastinación eterna en la que vivo en donde el mejor momento para hacer algo es mañana, siempre mañana.

El esposo de mi cuñada ubicó su Jeep frente a mi camioneta e iniciamos este proceso de reanimación boca a boca de los carros que es iniciar la batería con cables. Poco a poco nuestro carro fue recuperando las lucesitas, el pito, las señales del tablero y ¡suaz! ¡prendió! Ese dulce ronroneo del motor nos devolvió la ilusión de un retorno tranquilo y vigoroso hasta la Mesa, en donde pasaríamos la noche. Sin embargo, apenas tocamos los linderos del corregimiento de San Javier la camioneta volvió a decir basta y se echó a dormir otra vez. Yo insistía que era la batería y le pedí a mi concuñado y a mi suegro que llevaran a mi esposa y al bebé hasta la Mesa y que regresaran con una batería nueva con la que resolvería todos los problemas. Yo estaba seguro de que el problema era solo de batería como estaba segura la iglesia del medioevo de que el Universo giraba alrededor de la Tierra. Cuando llegaron entre media y una hora después, ya de noche, mi sorpresa fue mayúscula porque no solo llegaron con una batería sino que además trajeron a un electricista, el héroe de este cuento. Don Gonzalo es un señor de unos sesenta años, bajito, regordete y que se amarra los pantalones desde las tetillas. Tiene un bigote de una semana que se nota, jamás ha crecido más.

Don Gonzalo con su aire de experto ni miró la batería. Llegó de una al alternador. Un aparato extraño que yo siempre confundí con una especie de ventilador rodeado de correas al que jamás le noté un parentesco cercano con la batería. Pues bien, don Gonzalo hizo un diagnóstico simple y certero: El tornillo que sostiene al alternador se cayó porque estaba mal apretado, le quitó estabilidad a la correa que trasmite la corriente al carro y esto fue lo que provocó la descarga. En conclusión, la batería estaba perfecta. Si hubiéramos seguido mi instinto mecánico, tendríamos dos baterías nuevas y ninguna solución. Ahora el problema era conseguir el tornillo, que a esa hora en el corregimiento de San Javier era como conseguir un cultivo de yuca en la Luna. Mi concuñado y don Gonzalo se fueron por el tornillo y mi suegro se quedó acompañándome. Mi suegro es un señor de setenta años y un millón de historias. Aburrirse con él es imposible y a la luz de un poste me contó uno de esos cuentos. Al rato llegaron mi cuñado, don Gonzalo y el tornillo salvador. Don Gonzalo inició el proceso quirúrgico y nosotros le hacíamos barra. Mi concuñado dijo en tono alegre “somos como el Gobierno, tres miran y uno trabaja”. Yo he trabajado con el Gobierno y sé que su dato es impreciso. La verdad es que en el Gobierno casi siempre cuatro miran y nadie trabaja.

La paciencia de don Gonzalo era increíble. El carro en una posición incómoda a la luz de un faro de poste suficiente para conversar pero precaria para poner un tornillo en un alternador escondido entre el motor y las correas, él se esmeró para que cada pieza casara perfectamente. Un trabajo perfecto en condiciones adversas. Finalmente, rodeando las nueve de la noche, don Gonzalo terminó su faena y el alternador le devolvió la vida al carro que con nuevos bríos nos decía que ya, que había despertado, que podíamos seguir. Entonces le hice a don Gonzalo la pregunta del millón que yo efectivamente pensaba que era de un millón. ¿Cuánto le debo don Gonzalo? Él sin pensarlo mucho me dijo: “25 pesitos”. Es decir, me cobró 25 mil pesos por ir, diagnosticar, devolverse por el tornillo, regresar con el tornillo y hacer la reparación, todo esto, en la noche de un sábado. En un país en el que cobran hasta por la sonrisa 25 mil pesos me pareció un precio increíblemente barato. Esto nunca me había pasado. Que me cobren menos, mucho menos de lo que espero, jamás me sucedió en Colombia, en la tierra de la filosofía del vivo, la oportunidad, en donde “la ocasión hace al ladrón”.

Finalmente le di “30 pesitos” y toda mi gratitud. Mi suegro me contó que se lo encontraron mientras buscaban la batería. Ellos no son amigos, pero se saludan. Y en los pueblos de Colombia, si dos personas se saludan, son amigos. Así de sencillo. Yo, que soy tan escéptico, amargado y gruñón, yo, que me quejo gratis todo el día desde que despierto hasta que me duermo y que refunfuño en mis sueños, esta noche tuve que reconocer la bondad de las personas. La bondad de mi concuñado que jamás nos abandonó, la bondad de mi suegro que siempre me ha dado su mano así yo no lo note y sobre todo, la bondad de don Gonzalo, que con sus sesenta años, su bigote despintado y sus pantalones colgados de las tetillas me demostró que la honestidad, la humildad y el trabajo sencillo de un experto en su negocio, son suficientes para que uno recupere la fe en las personas.

Qué distinta es la gente buena a “la gente de bien”. La gente buena es como don Gonzalo, un tipo que hace bien su trabajo sin mayores pretensiones que la de ayudar a quien lo necesita, a los amigos, a aquellos que en virtud de un saludo se meten en el corazón y en la memoria. “La gente de bien”, en cambio, es esa que se llena la boca pontificando sobre “la familia óptima”, que creen que los homosexuales son inferiores y que los pobres les huelen maluco. Sin embargo, esa “gente de bien” va a misa cada domingo a encontrarse con más “gente de bien” para congraciarse con un dios elitista y excluyente de la era medieval para ratificar sus prejuicios que para ellos son verdades absolutas.

En fin, para terminar mi historia, solo digo que es lindo encontrarse con la gente buena de este país. Y que es muy desagradable tener que aguantar los discursos “divinamente” de “la gente de bien”.