Panorámica desde el Séptimo Piso

Por: Andrés Becerra L.

Durante miles de años la Humanidad pensó que el sol se movía sobre la tierra, y su reflexión se detenía ante el hecho evidente de que aparecía por un lado y desaparecía por el opuesto al cabo de unas horas. “¿Para qué pensar más, si así son las cosas y me sirven para lo que hago todos los días?”.

Otra evidencia indiscutible era que, en términos generales, la tierra era plana, y era peligroso acercarse al borde (que nadie conocía, pero todos suponían “por lógica”) porque se caería al abismo. Nos darían mucha risa las especulaciones que haría entonces la gente para explicar cómo era el planeta, pero en ese tiempo esa era una convicción que no admitía duda alguna, por la evidencia que brindaban los ojos. Era un dato CIENTÍFICO.

Luego aparecieron espíritus inquietos, un poco más sensibles que esa inmensa masa de conformistas que solo querían su comida diaria y sus otros placeres básicos, y buscaron alguna comprensión racional de esos asuntos. Llegaron a concluir lo que ahora “todos” pensamos sobre la redondez de la Tierra y su girar en torno al Sol. Pero el proceso de cambiar esas creencias que hoy nos resultan simplistas, por otras que hoy consideramos científicas, no fue nada fácil; quienes se empeñaron en buscar nuevas certezas tuvieron que padecer burlas, persecuciones, y hasta la muerte, por atreverse a decir algo diferente a lo que todos daban por evidente.

¿Aprendió de estos hechos la Humanidad a tener una mente más abierta? Quizás un poco. Quizá lentamente se ha ido abriendo nuestra mollera, pero no tanto como correspondería a la vertiginosa época de cambios que nos ha tocado vivir; cuando todos los días y a cada hora nos llegan noticias de un nuevo descubrimiento que revalúa lo que hasta el momento hemos creído, sería de esperar una mayor apertura.

¿Qué nos impide ser más abiertos, más flexibles, más sabios? El Ego.

Cuando el niño va a la escuela tiene una actitud abierta al mundo, está deseoso de aprender, recibe con asombro cada nuevo descubrimiento y regresa a casa a comentar con sus padres, en tono elevado por la emoción, las nuevas adquisiciones para su acervo mental, pero conforme pasan los años se va convenciendo de que es mucho lo que ha aprendido y poco lo que le queda por conocer, y llega un día en que decide que “ya sabe y entiende casi todo” (algunos, sin casi).

Es la proclamación de soberanía y autosuficiencia del Ego. A partir de ahí “todos los demás están equivocados”, a menos que, con mucha dificultad, logren demostrarle lo contrario.

El Ego necesita autoafirmarse cada segundo, autoconfirmarse sus creencias (que él llama conocimiento), por eso establece ese diálogo interno con el que constantemente se repite las cosas que cree, por eso la primera reacción ante cada suceso es confrontarlo con la lista de creencias correspondiente para decidir si está de acuerdo o no con lo aceptado y lo aceptable; esta opinión sobre la concordancia de lo externo con la creencia interna ocurre antes de empezar a analizar la posible verdad objetiva existente en lo que se someta a su juicio.

La constante confirmación de “sus verdades” le da al Ego la sensación de tener control sobre todo. Por eso la primera respuesta, la más fácil, frente a lo desconocido, es NO. El primer impulso es rechazar lo desconocido, porque puede ser peligroso. El Ego permanece en un estado fundamental de Temor; cualquier cosa que se aparte de lo que él ya considera verdad representa una amenaza a su propia existencia, cualquier cambio es un atentado a la interpretación del mundo que él ya asumió, lo nuevo significa una posible pérdida de control. Todo esto el Ego lo siente como una amenaza de muerte.

¿Cuál es la reacción natural cuando se siente miedo? Agredir, huir o encerrarse (que es otro modo de huir).

Cuando nos presentan una nueva interpretación de asuntos sobre los cuales ya tenemos una opinión formada, optamos por una de estas respuestas. La agresión (sin que signifique violencia, pues puede darse muy “civilizada”) aparece en forma de contradicción a lo argumentado, tratando de desvirtuar esa nueva interpretación, buscando todas sus partes débiles y mostrando las fortalezas de nuestra actual “verdad”. La huída aparece al evitar la discusión del asunto, ya sea descalificando al interlocutor o presentando otro tema a considerar, o también ocurre al encerrarnos tozudamente en nuestra creencia para impedir que pueda entrar algo nuevo; lo ilustra muy bien la escena de los niños que se tapan los oídos y empiezan a gritar para acallar a quien intenta que escuchen algo diferente a su idea.

Un Ego demasiado soberbio genera “cristalización en el cerebro” y cualquier idea nueva puede quebrarlo; de ahí la urgencia de mantenerlo protegido de cualquier novedad peligrosa. Si, por el contrario, se conserva la suficiente humildad para aceptar que no se sabe todo, que la única verdad no es la propia, que todavía hay mucho por aprender, se escucharán con agrado las nuevas propuestas, con interés por descubrir algo maravilloso.

Así que las mentes cerradas pueden verse como consecuencia del imperio de un Ego demasiado soberbio (léase, demasiado atemorizado) y las mentes abiertas como expresión de un Ego que sólo conserva unas cuantas convicciones básicas y disfruta (sin grandes temores) conociendo el entorno sin esclavizarse por creencia alguna. Dependiendo de qué tan prisionero del Temor tiene su Ego, una persona vive cerrada-mente o abierta-mente.

Namasté.