Panorámica desde el Séptimo Piso

Andrés Becerra L.
Andrés Becerra L.

Por: Andrés Becerra L.

¿Cuánto hace que usted leyó un libro? ¿Está leyendo alguno actualmente? ¿Cuántos libros leyó en 2.016?

Las estadísticas que nos muestran los interesados en el asunto dicen que en Colombia leemos poco, muy por debajo de la media internacional, y las experiencias inmediatas que conoce uno (de primera y de segunda mano) confirman que la gente lee poco.

Por ejemplo, cuando un docente de bachillerato entrega a sus alumnos una fotocopia para que lean algo y realicen algún ejercicio a partir de eso, la primera reacción de los estudiantes es quejarse por lo largo del texto… ¡Y SON SEIS PÁRRAFOS!

Otro ejemplo lo podemos tomar de esta columna. Normalmente escribo dos páginas tamaño carta, las cuales contienen unas 900 palabras. Dado que no es un texto de difícil comprensión, tipo Habermas, se pueden leer en cinco minutos o menos… ¡Y A ALGUNAS PERSONAS LES PARECE DEMASIADO!

Yo me pregunto cómo hace la gente para leer una novela de 300 páginas…

Por supuesto, la novela puede ser mucho más entretenida que estas reflexiones mías, pero no deja de ser inquietante que la gente alcance a sentirse fatigada por fijar su atención durante cinco minutos.

Y quizá por allí esté la clave de lo que ocurre, la pérdida de capacidad en enfocar la atención en una sola cosa durante un tiempo prolongado.

Vivimos a un ritmo acelerado en todos los aspectos, en todos los asuntos. Si comparamos los planos de tres minutos o más de una película del viejo oeste, con John Wayne, contra los vertiginosos 50 planos que meten en un minuto de una película de acción actual, tendremos una primera pista de la vorágine en que vivimos.

Otra muestra de lo acelerados que vivimos la tenemos en la forma de conversar. ¿Quién es capaz de esperar dos minutos en silencio hasta que su interlocutor termine de exponer su pensamiento? Muy pocos; normalmente nos estamos robando la palabra cada 15 segundos para decir algo, generalmente para rebatir algún aspecto secundario de lo que el otro está diciendo, con lo cual no logramos enterarnos nunca de cuál era la tesis que el otro quería sustentar.

Pero hay algo más dramático. ¿Ha sentido usted impaciencia mientras la página de su correo carga y le da la posibilidad de mirar los mensajes? ¡Y ESO DEMORA APENAS UNOS SEGUNDOS!

Tengo la impresión de que necesitamos, CON URGENCIA, bajarle al ritmo en que vivimos, volver a bailar bolero en lugar de mapalé, por decirlo en términos musicales. Es NECESARIO que podamos estar sentados, relajados, durante media hora haciendo absolutamente nada, sin que se requiera que estemos cansados, sino por el simple hecho de estar ahí, saboreando el estar vivos.

Y aunque parezca que he perdido el hilo del tema inicial, esto tiene que ver, porque esa impaciencia es algo que nos dificulta leer un texto largo, pues al cabo de dos o tres minutos ya sentimos que tenemos que movernos, que nos estamos perdiendo de algo; nuestra atención alocada exige saltar hacia otro asunto, mirar para otro lado, escuchar otros sonidos… queremos prender la radio, poner la televisión, llamar a algún amigo… somos como una de esas “pelotas locas” con las que jugábamos en los 70, que no sabía uno hacia qué lado iban a rebotar.

En procura de capturar la atención del cliente, después de que se la fracturaron, los medios hacen el mensaje cada vez más cortico y más impactante, con colores más brillantes, con sonidos más estridentes y veloces, con textos más cortos, porque saben que si no capturan su atención en 10 o 15 segundos el cliente cambia de canal.

Por eso en las redes cada vez se escriben menos letras; ahora se habla con emojis y se suben memes. ¡Y claro…!, cuando aparece un anciano con novecientas palabras, resulta demasiado. (Supongo que a estas alturas ya nadie está leyendo, así que ofrezco un regalo sorpresa para quien me lo reclame con un comentario).

Otro aspecto que merece mencionarse es la calidad de lo que se lee. Tengo la impresión de que los jóvenes ahora leen más que hace 30 años, pero lo que leen es generalmente intrascendente, poco formativo. Si todo el tiempo están pegados a su celular, es evidente que están leyendo todo el tiempo, pero lo que leen está compuesto por memes o comentarios baladíes de sus amistades; es algo así como tener funcionando el motor de su carro todo el día pero sin ponerlo a andar: por supuesto que gasta la gasolina, pero no lo lleva a parte alguna.

Quizá los que aprendimos a disfrutar de la lectura de un buen libro, recostados en algún rincón tranquilo, pasando páginas durante horas y construyendo universos en nuestra imaginación al ritmo de las mismas, deberíamos buscar un modo de que nuestros hijos y nietos aprovechen esa energía frente al celular para algo más productivo que simplemente tener encendido el motor.

Así que, para responder la pregunta titular, me parece que no es verdad que leamos poco, sino que leemos mucha basura, así como comemos mucho más que antes (pero basura), hablamos más que antes (pero basura), etc.

Necesitamos es mejorar nuestras dietas, la calidad de lo que consumimos, tanto en lectura como en alimentos, conversación, diversión, descanso… Quizás el problema no es de cantidad sino de calidad.

Namasté.

Nota: Escribí menos de 900 palabras. 😉